Recordaba cuando había tiempo para jugar en los arroyos, bajo la meseta de la base, cuando la gente solo hablaba de los seis tonos de verde de las colinas de los alrededores, cuándo él y sus amigos vivían como seres humanos, sobre la superficie de la tierra, a la luz del día, no como animales, y tan volados que empezaron a tomar píldoras contra la diarrea para reducir al mínimo las excursiones hasta las peligrosas letrinas. Y en aquella última mañana de su período de servicio en Vietnam, aquel marine podría ábrete dicho que había pasado por todo y que se las había arreglado bastante bien.
Era un tipo alto, de Michigan, unos veinte años aunque nunca era fácil adivinar la edad de los marines en je sanj porque nada parecido a la juventud duraba mucho en sus caras. Eran los ojos: siempre cansados o llameantes o simplemente en blanco, los ojos nunca tenían que ver con lo que hacía el resto de la cara, y daba a todo el mundo un aire de extrema fatiga e incluso de locura relampagueante…. Estaba siempre sonriendo. Era ese tipo de sonrisa que bordea la risilla, perosus ojos no reflejaban ni alegría ni malicia ni turbación ni nerviosismo. Era un poco demencial, pero era, sobre todo, esóterico, con aquel esoterismo especial de tantos marines de menos de veinticinco después de unos meses en el Cuerpo Táctico 1. En aquel rostro joven e indescriptible, la sonrisa parecía brotar de cierto antiguo conocimiento, y decía: “ Te diré por qué sonrío, pero te haré volverte loco.”
En la espalda de su chaleco antibalas había escrito tiempo atrás: Sí, aunque cruzo el Valle de la Sombra de la Muerte, no temo ningún Mal, porque yo soy el peor cabrón del Valle.
Le quedaban unos cuantos porros, enrollados en una bolsa de plástico ( no los había fumado porque, como la mayoría de los marines de Je Sanj, esperaba un ataque por tierra y no quería estar pirado cuando llegara), y se los dio a su mejor amigo superviviente. Su amigo más antiguo había caído en Enero, el mismo día en que explotó el depósito de municiones.
Al mediodía, cuando los adioses y los cuídate y los haz algo por mí se habían prolongado demasiado durante horas, empezó a asomar el sol entre la niebla. Cogió su talego y una pequeña bolsa y se dirigió hacia el aeropuerto y la pequeña y honda trinchera que había al borde de la pista.”
Je sanj era por entonces un sitio muy malo, pero el aeropuerto era el peor sitio del mundo. Era lo que tenía Je Sanj en vez de una diana, el exacto y predecible blanco de los morteros y los cohetes ocultos en las colinas circundantes, el blanco seguro de los grandes cañones rusos y chinos instalados en la ladera de la cordillera Co Roc, a once kilómetros de distancia, pasada la frontera laosiana. Disparaban casi a tiro hecho y nadie quería estar allí. Si acompañaba el viento, podías oír los calibre 50 del NVA disparando al fondo del valle siempre que se aproximaba un avión a la pista, y la primera andanada llegaba siempre segundos antes del aterizaje. Si estabas allí esperando para irte, sólo podías acurrucarte en la trinchera y hacerte lo más pequeño posible, y si llegabas en el avión, no podías hacer nada en absoluto.
( Extraído del libro Despachos de Guerra de Michael Herr. Ed. Anagrama, 1980)
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